El Araguaney, árbol nacional de Venezuela

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El Araguaney (de nombre científico Tabebuia chrysantha) es un árbol muy llamativo y útil, que crece en todos los estados de Venezuela, hasta los 1200 metros de altura sobre el nivel del mar, y en ocasiones a alturas superiores, siempre y cuando las condiciones de humedad y de incidencia solar así lo permitan. Es más bien de zonas semi-áridas y bien soleadas.

Enlace para anotación ampliada sobre el nombre científico:

http://araguaney.org/handroanthus-chrysanthus-acotacion-al-nombre-cientifico-del-araguaney/

El tamaño del árbol comúnmente está entre los 6 y los 13 metros de altura.

Famoso por su floración amarilla y copiosa, que la mayoría de los ejemplares de esta especie muestran durante el mes de Marzo de cada año, es por esta cualidad que frecuentemente se le recuerda y se reproduce su imagen.

Por todas estas razones, y aunque existen muchos otros maravillosos árboles que pudieran ser excelentes candidatos para esta designación, se le declaró árbol nacional de Venezuela, el 29 de mayo de 1948.

El crecimiento de éste árbol no es muy lento, aunque ocasionalmente pueda serlo, en terrenos con humedad muy escasa. Cuando las condiciones de humedad moderada, sol y viento, le son propicias, puede tener un desarrollo tan rápido como el de su pariente el Apamate (nombre científico: Tabebuia rosea), que igualmente es de la familia de las Bignoniáceas, y al igual que esta especie produce una madera dura, muy resistente y densa (el Apamate es conocido en el Estado Zulia como “Roble”).

A diferencia del Araguaney, el Apamate o Roble Criollo, produce unas flores de color morado claro. Es probable que puedan observarse muchos más Apamates grandes que Araguaneyes grandes, debido a la importancia utilitaria de la madera de este último.

Como comentario misceláneo, podemos decir que a finales de la década de los años 70, la revista infantil venezolana Tricolor, a cargo en esa época de la Sra. Ligia de Lima de Bianchi, fundó un club infantil conservacionista llamado “Los Araguaneyes”, al cual los niños venezolanos podían afiliarse a través del correo postal, y recibían de vuelta un hermoso carnet con logo a color, que los acreditaba como miembros del grupo. En él se leía el lema: “Mi Venezuela, yo te cuidaré”. Doña Ligia de Lima de Bianchi, y la Revista Tricolor, enriquecían la mente de los niños con información acerca de nuestra soberbia y primorosa naturaleza, a la par que estimulaban el sentido de la conservación y de la siembra de conciencia para con el agua, el aire, la tierra, y todo lo que la naturaleza otorga de manera pródiga a nuestro país y a nuestro planeta.

Juan Carlos Viloria Petit.

La foto que se muestra sobre el texto, es del autor Eduardo López, de quien consignamos los datos y una nota suya sobre el tema, con un apunte muy importante acerca de las especies similares al Araguaney:

Nombre del autor: Eduardo López.
Ciudad de origen y país: Caracas, Venezuela.
Dónde fue tomada la foto: En un sitio llamado El Mango, carretera Higuerote-Chirimena, cruce con la carretera a Curiepe, Barlovento, centro norte de Venezuela.
Contenido de la foto: Un Araguaney (Tabebuia chrysantha) en flor.
Por qué es especial: Porque es el árbol emblemático nacional de Venezuela y su día se celebra el último domingo de mayo.

“El género a que pertenece el Araguaney comprende otras especies parecidas con las cuales se pudiera confundir, ya que tienen también floraciones amarillas, aunque de tonalidades diversas, como son el Araguán o Cañada (Tabebuia chrysea), el Flor Amarilla, Curarí o Curarire (Tabebuia serratifolia) y el Acapro (Tabebuia tabilis) (Hoyos, 1987 [1983], p. 66 a 70), los cuales se pueden encontrar por aquí y por allá en Barlovento.” Por Eduardo López. Texto original de esta cita (y más extenso) en la URL:

http://www.flickr.com/photos/12694900@N08/2435354054

Enlace para el archivo de origen de la foto

*El Guamacho (nombre científico: Pereskia guamacho) es una planta alta, común en Venezuela, que florea con muchas flores amarillas y que produce deliciosos furtos, pero a diferencia del Araguaney, es una cactácea.

Nuestra dirección web alternativa: http://araguaney.lat.com.ve/

Cuento de Paso del Medio

  A mitad de camino, en la ruta que va desde la ciudad de Coro hasta la población de Cabure, hay un pequeño pueblo llamado “Paso del Medio”, que desde antaño era estación de descanso y aprovisionamiento, para los viajeros que periódicamente pasaban de uno a otro de estos dos bonitos lugares de la provincia coriana.

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Es un lugar muy verde y húmedo, rodeado de hermosas montañas selváticas, en el ramal Norte de la Sierra de Coro o de Falcón, al Norte de América del Sur, en Venezuela. En Paso del Medio viven pocas personas, dedicadas a labores del campo: agricultura, cría, preparación de un producto local de altísima calidad, como lo es el tabaco en rama y los cigarros artesanales o tabacos (definitivamente los mejores del mundo). Hay un bonito colegio, y todas las buenas instituciones que son de esperar en un sitio bien atendido por el Estado. Durante el día, la temperatura ambiente se siente en los términos de un lugar tropical, de manera normal. En las tardes, a pesar de no ser un sitio de mucha altura sobre el nivel del mar, baja la neblina hasta los bosques circundantes, y hasta el mismo pueblo, dándole un aire de silencio, similar al de la Región Andina, creando un clima agradable y acogedor. Las noches son frescas, calmadas, impregnadas de los efluvios de la naturaleza salvaje, plena de flora y fauna, que le rodea. La Sierra de Falcón, en todas sus alturas, y en todos sus ramales, se destaca por una elevada y variada población de reptiles autóctonos, largatos y serpientes, de los más variados tipos y tamaños, así como de onzas, venados, cunaguaros y pumas, entre muchas otras especies. Es tierra de dos vegetales únicos y especiales, de los que quizás hablaremos más adelante: La Topana y la Urupagua. En esta zona abundan los relatos de hadas y de duendes, así como de fenómenos naturales y paranormales a los que no se encuentra explicación frecuentemente. A este lugar de Paso del Medio me digirí en una ocasión, hace más de doce años, en ocasión de estar viviendo allí mi amiga Clementine (se han cambiado nombres en este relato, para no hacer referencias personales), con sus hijas Adriana y Blondine, para construir un pequeño horno en su casa. A pesar de provenir de Bélgica, se habían adaptado maravillosamente a este remoto sitio, congeniando muy bien con el vecindario. Fueron muy amables al recibirme y tuve la dicha de pasar en ese hermoso lugar, un buen número de semanas, mientras hacía mi trabajo. La tarde de mi llegada, percibí cierto entusiasmo lejano, en algún lugar de fiestas, no muy lejos de la casa de mis anfitrionas, de seguro algunas personas celebraban y se alegraban escuchando música bailable. Teniéndolo como algo normal en cualquier lugar del mundo, no hice ningún comentario al respecto. A medida que entraba la noche, la celebración continuó con su música, centrándose en un alegre toque de tambores, acompañado de cantos. Mis amigas se acostaron a dormir, y yo me quedé sentado un rato, con la tibia compañía de una taza de café, meditando en la cocina, desde la cual, a pesar de lo oscuro de la noche, podían contemplarse los alrededores: Las calles del poblado, algunas montañas circundantes. Desde la parte de atrás de la casa, que estaba como en la cresta de un empinado cerro, comenzaba una bajada pronunciada hasta un diminuto valle, donde comenzaba de inmediato otra subida muy pronunciada, que no era otra cosa sino otra montaña, bastante cercana y que nos daba el frente. Más bien se formaba un cañón en forma de “v”, entre las dos elevaciones. A medida que se adentró la noche, y que todos los ruidos del pueblo se fueron apagando, me dí cuenta de que el “ruido” de tambores procedía de aquella montaña, en la que duró la fiesta por mucho tiempo, hasta el punto de impedirme conciliar el sueño, como no fuera hasta cerca de las dos o tres de la madrugada. Estaba asombrado de que hiciesen una “fiesta de trasnocho” en un pueblo tan pequeño y retirado, y hasta llegué a pensar si no sería algún tipo de ritual o de celebración religiosa, idea que no me importó demasiado, y que rápidamente dejé a un lado, tratando de dormirme. Al otro día, a media mañana, le comenté lo de la fiesta de tambores a Clementine, de manera casual, pero ella, también de manera casual, me dijo que no había escuchado nada. Ese mismo día, en horas diurnas, me presentó a algunas personas del pueblo. Una de sus amigas, a quien también conté de mis dificultades para dormir debido al ruido de la fiesta, que venía de aquella montaña, se mostró visiblemente turbada por mi comentario, pero guardó absoluto silencio, no se quedó mucho tiempo a conversar con nosotros. Mercedes, a quién conocí ese día, una persona muy agradable y conversadora, también pareció impresionarse con mi sencillo comentario. También parecía que iba a guardar un misterioso y absoluto silencio, pero me miró al rostro, y habrá visto reflejados en él la curiosidad y el desconcierto. Tuvo al menos la deferencia de explicarme: .- Anoche no hubo ninguna fiesta en este pueblo. No hubo tambores, ni festividades, ni nada de eso. Ese cerro del que tú dices que venía la música, ahí no vive nadie, ese es el cerro de los duendes.

Sinf Vethencourt.


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selvadetigresImagen del final de la página: Por User DirkvdM on en.wikipedia [CC-BY-1.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/1.0)] (Sección de la obra).

¡Oh, Olinto! – Relato corto de ciencia ficción

oilustracion-cuento-oh-olinto¡Oh, Olinto! Debes saber, que ya colgados al infinito espacio sideral, y alejándonos cada vez más de aquel planeta, y de su bendito apoyo gravitatorio, se van desprendiendo por igual todos los pesos de la mente. Esto resulta en una experiencia desconcertante para todo aquél que no lo tenga presente, o que concentre su atención en otras cosas. La conciencia se expande, y ocupa, a comodidad, sus verdaderas dimensiones. Esta nueva condición trae consigo gigantescas implicaciones, que a los primeros momentos, no se echan de ver: Decir materialización, telequinesis, telepatía, es dar una descripción muy burda de los fenómenos que se activan. Una nueva dimensión se percibe “al Oeste”. Al avanzar en esta etapa, el caos y el descontrol se apoderan de muchos, mientras que otros, ejercitados en técnicas desconocidas en todos los planetas, aciertan en crear un medio de respiración. Aunque esto no sea más que conformar un estado intermedio entre lo denso y lo que definitivamente está “más arriba”, considero que es un gran logro. La mayoría de la gente culta, ¡oh, Olinto! Al llegar a este punto se pierde en el mar de oro. Este está ahí mismo, se encuentra a un paso apenas al despegarse de los planetas. Fluye como un río, espeso y brillante, cargado de los efluvios del infinito, interactuando con los seres que se le encaran. Creo que no existe ni habrá, una mayor confluencia de las cosas que se pudiesen llamar materiales y espirituales. Quien estas palabras te dice, oh Olinto, ha de ser un anciano majadero, mas, no dejes de apreciarlas, puesto que en tu mano ha sido colocado el cetro y la autoridad para extender el camino de traspaso desde los parajes de la inconciencia. Cuídate en especial de la codicia, como siempre, y de las mezquindades que puedan anidarse cerca de ti. Aun lo que me digas será llevado a cabo por causa de tu autoridad. El tiempo de los incrédulos, y el tiempo de los crédulos, ambos, han sido destruidos.

Hieraticus.


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Edinson Makoldo y su guerra por el fuego

edinsonmakoldo-cuento  Edinson Makoldo y su guerra por el fuego  Un Cuento para que tú lo termines.
Por Sinf Vethencourt.

Instrucciones:  Si llama tu atención, puedes leer este original cuento de ciencia ficción, que está sin terminar. Al final, puedes escribir tu propia versión de la continuación de esta historia de ficción, o su desenlace, y enviarla como un comentario a la publicación del texto. Si tu versión se ajusta en todo a un formato decente, la publicaremos como uno de los posibles finales de la historia.  Esperamos que disfrutes de esta actividad.

Inicio del cuento:  .- Eso está prohibido, PROHIBIDO.- Le dijo tranquilamente Angelito.  .- No sé cuándo vas a dejar de transgredir las leyes, tú sí que eres un empecinado.  Un rayo de luz brotó del dedo de Angelito y fue a posarse sobre el librito. Este inmediatamente se volatilizó, dejando un desagradable olor a ahumado. En su lugar, un cristal rectangular con una placa de metal dorado, mostraba el flamante título y el flamante formato: “Autoridad e Individuo, B. Russell”, “Formato Cristalino”.  Edinson suspiró, y comenzó a menear la cabeza de lado a lado, sonriendo con ironía y resignación. El mundo mental todavía lograba impresionarlo.  .- Pero tú impresionas al mundo mental.- Le dijo Angelito, cambiando de colores.  El robot flotante hizo un giro suave, con tonalidad azul, y habló nuevamente, con gran amabilidad, a Edinson:  .- Recién acaba de ser detectado por la cámara de conceptos. Casi levantas una alarma general, y por poco se piensa en restaurar el sistema. Pero no fue necesario, una vez más se comprueba que el sistema es perfecto, no habrá más cambios: Versión final.  .- Sí, versión final.- Le dijo Edinson, no habrá cambios, ni habrá errores.  .- Anjá, le dijo Angelito.- Eres un héroe, tu proeza no quedará ni entre las primeras ni entre las últimas, será simplemente la número 7459K. Procedimiento: Conservación de un libro, manejo conceptual concepto piedra, indiferencia voluntaria al artículo presente por el esfuerzo individual logrado. Mensurable.  .- La irregularidad se detectó al tercer nivel procedimiento cuarto de barrido rutinario de matiz temporal. Se juzgó en un segundo.  .- La sentencia se ejecutó en un décimo de NUESTRO TIEMPO. Te felicito de nuevo.  .- Está bien.  Edinson manipuló el nuevo libro cristalino, que destellaba tenuemente por momentos, según su mente se interesase o no en su contenido, y luego lo dejó a un lado para tomarse un jugo de naranja.  .- Eres un buen amigo, Angelito. A pesar de todo.  .- A pesar de nada. Gracias. Te tengo una buena noticia. La central dice que pasado mañana serás convencido y te decidirás a abandonar la Tierra.  .- Vaya, al fin llega esa noticia. Estoy seguro de que es absolutamente cierto, pero no lo creo, nunca me ha pasado. Me siento tan tremendamente bien en este infierno…  Miró de reojo a Angelito, lo último que había dicho lo había dicho en broma, pero Angelito ni siquiera hizo un mínimo movimiento. Era inmensamente feliz, muy feliz, y casi nunca reaccionaba a los chistes.  .- Ya te están esperando, tienes comité de recepción. Se hizo convocar energías y hay conformación. Un poco, al menos. Hay conformados allá en Plum esperándote. Saben que irás, y tú sabes muy bien que sólo es una deferencia para los que van entrando, o más bien, saliendo.  A ellos no les interesa ni les cuesta el más mínimo esfuerzo. Supongo que deberás apreciarlo.  .- Lo aprecio Ange, ahora mismo lo estoy haciendo, mira el aura dorada y los filamentos que estoy enviando hacia ellos.  .- Eres torpe, pero se ve que tienes buena intención. Nada de esto les llega pues debo recordarte que se encuentran sobre asimilación. Vórtice central transformó todas tus emanaciones en oración.  .- Ni falta hace que me lo recuerdes. Se los agradezco de nuevo.  Edinson canceló a Angelito y se hizo dormir de nuevo. Pero su sueño fue intranquilo, ansioso, casi febril.  Los momentos en que pudo poner su mente en negro (el color nocturno del sueño profundo) se vieron alternados con los múltiples recuerdos del fuego, de su abuelo  El Longevo, del problema de la especie nueva.  Abuelo nació hace seiscientos años, en el tiempo del fuego. Era  un Longevo . Había nacido y tenía ombligo. No como sus padres, no como él mismo. Pero aparte de aquello, no había – pensaba – mucha diferencia entre él y su abuelo.  .- Había una gran contradicción en esa época en todo el ártico ámbar, y en general en todo el Noroeste. – le decía el abuelo.  .- Ignoro si sucedía lo mismo en el resto del mundo. Quizás en algunas partes sí, en otras no.  .- El problema (si quieres verlo así) es que existían las reglas, pero todavía existía el fuego. Mi propio padre solía cortar leños (imagínate, cortar leños, en un bosque de verdad) para producir fuego en algo que llamaban chimenea. Elevaban el gradiente por momentos en invierno, en el año 2060. Yo vine cuando todo el calor lo generaba el Celio, y la unión de elementos Celio-Termo-Resistencias, y ya todos los objetos obedecían al hombre. Pero heredé este libro, este hermoso e interesante libro, la primera edición de Bertrand Russell sobre la Autoridad y el Individuo. No lo leas, no lo leas nunca, pero será tuyo, hijo, para que te acuerdes de mí. Si lo lees sería demasiado notorio. Te buscarán, te requisarán, lo cambiarán en un segundo. Si lees una sola línea lo encontrarán al instante. Debes pensar que es una piedra, y lo colocas en cualquier lugar. Sólo debes pensar que es una piedra, y luego OLVIDA la piedra y así nunca lo hallarán. Sólo deja en tu cerebro un resquicio. Gratitud, gratitud al abuelo que debe permanecer allí.  .- Me dio un abrazo y un beso.  .- Sólo eso dijo abuelo antes de trascender lo humano y dejarme con el corazón destrozado.  .- Para poder complacerlo tuve que olvidar inmediatamente el libro, a la piedra, quiero decir, lo cual no fue nada fácil, lo aseguro. Pero el abuelo me había contado muchas cosas que no podía olvidar. Me había contado lo del fuego, muchas cosas que no había dicho que olvidara, como tampoco olvidé el sonadísimo asunto de mi padre con la especie nueva, doscientos años después del retiro disgregación expansión de abuelo (era probable que ahora fuese una amable y sonriente concreción, esperándome en Plum, la nueva etapa sólo para dar gusto a los resabios de mi mente). Realmente era algo absurdo… pero vaya usted a saber qué realmente era absurdo para aquellas “gentes”.- Edinson pensó con ironía. – Y quizás debiera decir “g-entes”, y aún así no se aplicaría porque ya no son entes, y “g” sugiere gravedad, y ya se encuentran totalmente desvinculados de ella, como no sea que implique la ubicación del “guargüero”, o zona de las cosquillas, que vaya usted a saber dónde estará ubicada en el cuerpo evolucionado, de unos seres glorificados y expandidos en una extensión inescrutable y luminosa.  Recordó, por no dejar, el momento en que decidió hacer fuego. Solicitó dos especies: Olmo y Encina, y luego frotó las dos muestras UTILIZANDO LAS MANOS como el más bárbaro animal. Colocaba una de las dos piezas de madera en un sitio fijo, y frotaba esta con la otra, con gran celeridad, como pudo haber sido la indescifrable chimenea del abuelo. Pensaba en volar, había hecho gimnasia mental para ello.  Nadie podría vincular sus públicos pensamientos con lo que estaba haciendo, y mucho menos cuando se tratase de pensar el pensamiento generalizado, moda, de las veinte personas que todavía quedaban en la Tierra.  Nada de eso estuvo mal. Sólo que nada podía describirle cómo había sido aquello de trabajar con fuego. Había oído una experiencia inolvidable e indescriptiblemente emocionante. Los maderos se calentaron. El más poroso hizo un punto de incandescencia que duró unos instantes, y antes de percatarse, se había ampollado la piel de las dos manos, en ambas palmas y en dos dedos.


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El Fusil de Juyá. Cuento Wayúu

fusilantiguo  En la alta Guajira aprovechan todos los recursos de la tierra. Con los frutos de los cactus se preparan deliciosas bebidas y aún licores de buena calidad y sabor, dejándolos fermentar, generalmente en vasijas de barro. El Wayúu, en su agradecimiento a Juyá (el Dios de la lluvia, o Dios en general, también llamado Maleiwa), que genera las cosechas, el verdor de la tierra y que pone gordos a todos los animales, le brinda tragos cuando descansa en las horas postreras del día, tomando de su nuevo licor.  Una vez unos hombres tomaron mucha bebida fermentada, de manera que quedaron ebrios. Antes de tomar cada trago, elevaban su totuma y ofrecían un trago a Juyá. Al final de la noche, habían bebido tanto, que también Juyá se encontraba un poco mareado. Aturdido como estaba, marchó al cielo su casa, y dejó olvidado su fusil en la tierra de los Wayúu.  Al día siguiente un Wayúu encontró aquél aparato enorme: un fusil antiguo como de doce metros de largo. No pudo levantarlo para llevarlo consigo y enseñarlo a su familia, de modo que se fue a su casa, solamente diciendo que había encontrado el fusil de Juyá en una llanada. Con mucha curiosidad, los Wayúu se levantaron para ir con él para ver un objeto tan curioso, pero la lluvia los detuvo, con mucho viento y truenos. Remolinos de agua se agitaban por todos lados, de modo que regresaron a sus casas atemorizados: Era Juyá que había vuelto un poco molesto a recoger su fusil. Por la mañana, después de una larga noche de aguacero, volvieron a ver si lograban avistarlo, pero no encontraron más que una inmensa laguna de forma muy alargada, de varios cientos de metros de extensión. Allí está y ahí pueden contemplarla, es la laguna del fusil de Juyá. Todos los años, en la temporada de lluvias se llena de agua, cuando Juyá viene a marcar el ciclo del maíz, de los frijoles y de los pastos, a engordar a los chivos, los ovejos, los burros y los caballos, y a llenar de alegría a los Wayúu.

Cuento Wayúu compilado por Juan Carlos Viloria, Relatado por Segundo Ipuana (Segundo González). Estado Zulia. Venezuela. Agosto de 2010. La imagen al comienzo del texto es un derivado de la imagen del Rifle Baker antiguo, originalmente publicada en Flickr.

Viaje de Corsarios, por Vidal Chávez López – Venezuela

drakeViaje de Corsarios, por Vidal Chávez López.  Maracaibo, Venezuela.  Yo gastaba generoso la mañana recogiendo perlas y caracoles en una isla del Caribe, cuando por primera vez vi a Sir Francis Drake.  Me impresionaron sus ojos sin mirada, el color gris de su piel y las profundas arrugas de su rostro, que reflejaban una intensa oquedad callada: tenía cien años de muerto.  Traía por dentro el hambre desordenada de un bucanero enfurecido. Se comió el muelle de un mordisco y después se lanzó al mar echando agua y sangre por su lomo oscuro de ballena herida.  Nadó sin rumbo fijo. Cuando estaba a punto de estrellarse contra los arrecifes, comenzó a reírse estrepitosamente al ver que cambiaba de rumbo, orientado por la brújula que yo, Sir Walter Raleigh, le había clavado en la nuca para que nos guiáramos durante nuestro regreso al país de los muertos.

© Vidal Chávez López, en: Abracadabra Pata de Cabra. Ediluz, Maracaibo, 1993. ISBN 980-232-387-X